Por: José Espinola / Email: jlespinola@pucp.pe
En la discoteca ayacuchana RHUNAS, la música dejó de ser baile para convertirse en frontera: en el Perú, hasta los oídos parecen tener clase social.
Imagina, invitan a un artista (Néstor Sedando: antropólogo peruano y DJ promotor de música popular) a tocar en un Congreso de Estudiantes de Antropología 2026 a realizarse en Ayacucho. Los organizadores logran un acuerdo con una conocida discoteca para que, en un día pactado, reciba a los participantes del Congreso que decidan asistir. Todos sabían que el DJ invitado tocaría las canciones de su repertorio: música chicha, huaynos y otras músicas populares.
Los Hechos
El DJ empezó su tocada. Estaba sonando “Noche” del célebre Vico y su Grupo Caricia. “…Noche tu que comprendes mi tristeza y también mi soledad. Mi amada se marchó y yo no puedo olvidarla…” Los asistentes, en su mayoría estudiantes de antropología de distintas universidades del país, levantaban las manos, exclamaban, y en eso, un representante de la discoteca RHUNAS le dice al DJ, que no puede seguir con su tocada porque está haciendo sonar música indecente. El DJ sorprendido y a la vez, en un acto de rebeldía espontanea sigue con su tocada y pone a sonar “El teléfono” de Pintura Roja. La letra decía: “…te conocí y tan solo tengo tu teléfono. Te llamo y suena ocupado” “… porqué no contestas, si oír quiero tu voz…”
La situación incomodó tanto a los administradores de la Discoteca RHUNA que ordenaron a su personal que desconecte el fluido eléctrico y quite el micrófono al DJ Sedano, invitado especialmente para el evento. El hecho provocó, desde luego, una serie de reacciones. Este escrito es uno de esos.
El factor cultural
La música no es únicamente una sucesión de sonidos. En ella también se expresan historias familiares, experiencias migratorias, aspiraciones sociales, recuerdos, formas de vestir y maneras de reconocerse como parte de una comunidad. A veces, una canción devuelve a una persona al barrio donde creció; otras veces, la conecta con sus padres o abuelos, con una tierra que dejó atrás o con una experiencia que no sabe explicar de otra manera.
En esa línea, el episodio ocurrido en la discoteca RHUNA de Ayacucho merece atención no solamente por lo que pudo haberle ocurrido a una persona, sino por la pregunta que deja abierta: ¿quién decide qué música es decente y qué nos autoriza a convertir una preferencia cultural en una medida del valor de los demás?
Lo problemático no son los gustos o preferencias musicales, sino que algunas son presentadas como refinadas, cultas o dignas de escenarios prestigiosos. Otras son asociadas con la vulgaridad, el mal gusto o la ignorancia. Y cuando esas valoraciones se trasladan a quienes las escuchan, la discusión deja de ser exclusivamente musical: comienza a clasificar personas.
Recuerdo algunas publicaciones de Oscar Wilde, donde defendió la autonomía del arte frente a las exigencias del gusto dominante. Para él, la creación artística podía tener un valor profundamente perturbador: cuestionar la monotonía, desafiar la tiranía de las costumbres y romper con aquello que una sociedad acepta sin examinarlo. Desde esa perspectiva, el DJ Néstor Sedano ha perturbado el criterio estético de un grupo de ayacuchanos, activando su profunda actitud clasista y discriminadora. Su intento de calificar como “indecente” una preferencia musical lo pone de manifiesto de forma contundente.
La música también tiene castas
Durante décadas determinados sectores han mirado la música popular y en especial, la música chicha, con desprecio. En ocasiones, la descalificación se extiende a sus intérpretes, sus públicos, su vestimenta y sus lugares de encuentro. La música se convierte entonces en una etiqueta social: escucharla puede ser interpretado, desde determinados prejuicios, como una señal de inferioridad cultural.
Sin embargo, que alguien disfrute del huaino y no de la chicha es una cuestión de gusto. Que considere que su preferencia lo convierte en una persona más decente que quien escucha chicha es otra cosa. La primera expresa una elección personal. La segunda establece una jerarquía entre personas a partir de sus prácticas culturales.
Ayacucho y las contradicciones de la identidad cultural
Que el episodio haya ocurrido en Ayacucho añade una dimensión simbólica que merece explorarse, aunque sin convertir a toda la población ayacuchana en responsable de un hecho particular.
Ayacucho posee una historia cultural vinculada con la música andina, las tradiciones quechuas y diversas formas de creación popular. Pero ninguna sociedad constituye una unidad cultural sin diferencias internas. Las ciudades son espacios donde conviven generaciones, trayectorias migratorias, posiciones económicas, gustos y maneras distintas de entender la tradición. Por eso, no sería justo presentar el incidente como una expresión de lo que piensan los ayacuchanos en general. Un acontecimiento localizado no permite describir el comportamiento de toda una población.
Lo que sí es llamativo es por qué la diversidad cultural, que suele celebrarse en los discursos, puede resultar incómoda cuando aparece en las prácticas cotidianas. Y peor aun cuando las preferencias musicales son descalificadas mediante la categoría de «indecente». En ese caso, el conflicto deja de referirse exclusivamente a la música y pasa a involucrar el reconocimiento de quien la escucha y la reproduce. El baile no suspende la sociedad. A veces, la hace visible.
¿Qué hace que una música sea considerada decente y otra indecente?
Como expresión artística y cultural, nada debería ser música decente e indecente. Sin embargo, son las mismas poblaciones humanas quienes en función de su experiencia y contexto clasifica las preferencias. Aprendemos a valorar ciertos sonidos, asociarlos con determinadas experiencias y reconocerlos como signos de distinción. También aprendemos a despreciar otros.
El problema es que, en nuestro país, esas experiencias y contextos no son similares para que todos tengan similares preferencias. En nuestro país conviven muchas culturas, cada una con sus propias preferencias. Visto de esa forma, las preferencias musicales pueden adquirir una función social: permiten expresar pertenencia, construir distancias y, en ocasiones, reclamar una posición superior frente a otros.
Cuando se pretende que un país aprenda a convivir en paz, es necesario que sus habitantes aprendan a respetar sus diferencias. Así pues, un país culturalmente diverso no se construye obligando a todos a bailar al mismo ritmo. Se construye cuando las diferencias dejan de utilizarse como excusa para establecer quién es más digno de respeto.
Porque cuando una preferencia musical se convierte en una frontera entre quienes merecen respeto y quienes deben ser despreciados, ya no estamos hablando solamente de música. Estamos hablando de cómo estamos pensándonos entre nosotros.
La ley dice que somos iguales. ¿Y la sociedad?
La Carta Magna que regula el orden jurídico en nuestro país, señala que en el Perú, todos somos iguales ante la ley. El artículo 2, inciso 2, reconoce el derecho a la igualdad y prohíbe la discriminación por motivos de origen, raza, sexo, idioma, religión, opinión, condición económica o de cualquier otra índole. La disposición es clara y expresa uno de los compromisos fundamentales de nuestro ordenamiento jurídico. Sin embargo, como el hecho acontecido en RHUNAS muestra, no basta con regular un comportamiento, hay que sensibilizar para el compromiso hacia la tolerancia y mostrar que las relaciones de ese modo, nos permite vivir mejor.
RHUNAS pide disculpas
Al finalizar este escrito, RHUNAS ha publicado en redes un comunicado expresando una disculpa a quienes se hayan sentido ofendidos por el comportamiento de sus trabajadores. Señalan que realizarán una investigación para esclarecer los hechos. Mientras, manifiestan que son conscientes que nuestra identidad está construida también sobre la diversidad de nuestra música y nuestra gente. Tomarán medida para una situación así, no vuelva a repetirse.
Ya cada quien, se formará su propia opinión.
Palabras finales
El mundo seguirá girando, y cada día de forma sorpresiva, nos puede sorprender hechos como lo ocurrido en RHUNAS que nos harán recordar que en nuestro país ciertos aspectos culturales como los gustos musicales, el apellido, la apariencia, el dinero, la procedencia y las relaciones personales todavía pueden influir en la manera en que somos tratados. Y cuando esos hechos aparecen, surge una frase de un viejo poeta liberteños: ¡¡hermanos hay mucho por hacer!!
Bueno, me despido. Para variar, escuchando un tema de Chacalón que oía en los mercados que recorría en mi infancia: “…viento vuelve a ser como ayer! como aquellos días en que yo vivía junto a mi bohío y la madre mía. Como aquel entonces tan sólo era un niño y en esa pobreza, que feliz yo era. Viento vuelve hacer, como ayer para sentir, el comienzo de mi vida, ¡el comienzo de mi historia!

